¡Porque la música nos hace invencibles!


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La vuelta a los orígenes siempre reconforta. A los teatros diminutos donde puede escucharse hasta el silencio, a las salas donde los amigos toman cerveza y cantan a sólo unos pocos metros. Creo que él siempre los ha echado de menos, como recuerdo de sus muchas noches en Galileo Galilei o en El Rincón del Arte Nuevo. Parece difícil retornar a la sala de estar cuando se han conquistado los grandes auditorios, pero ya decía Calamaro aquello de nos volveremos a ver, porque siempre hay un regreso; los escenarios modestos, con mesa camilla y chimenea como único atrezzo, han vuelto a disfrutar de la presencia de Quique González gracias a Carta Blanca, una gira tan desnuda que ni siquiera se cubre con un repertorio definido. A la mente inquieta y curiosa del madrileño se le ocurrió, después de soltar adrenalina con Delantera mítica y a la vera de Lapido en Soltad a los perros, volver a salir a la carretera a ofrecer un concierto distinto cada noche, en donde personas y canciones se convierten en los auténticos protagonistas, en los únicos protagonistas. Detrás de cada petición musical una historia, un retazo de vida ligado de forma definitiva a unos acordes, y una revisión exhaustiva a lo que el artista nos ha ofrecido a lo largo de nueve discos de estudio y casi veinte años de carrera.

Impaciente y expectante me hallaba yo a las 21:30h del pasado 9 de mayo, sentada ya en mi butaca del Teatro Apolo. No es para menos; estaba ante el regreso de mi músico de guardia, al que no veía sobre aquel escenario desde abril de 2011, y girando de la misma forma, desbandado -aunque en esa ocasión, con la ayuda de Jacob Reguilón al contrabajo-. Diez minutos después, los acordes de su última grabación, Clase media, encienden el pequeño teatro almeriense. Sobre las tablas, nada más que un precioso piano, varias guitarras y un par de armónicas; la escasa iluminación genera un aire íntimo y acogedor y la voz del cantante suena profunda y reconfortante. “Buenas noches, amigos”, saluda el músico, porque para él el público deja de ser un grupo de desconocidos para convertirse en una masa cómplice, partícipe del encuentro. Tras explicar el funcionamiento de esta gira -a través de las redes sociales se planta un buzón para que cada cual escoja libremente su canción fetiche-, asegura que ha llegado a un hipotético setlist con 47 canciones, aunque difícilmente podrá tocarlas todas. Un valiente grita entonces “¡Temblar!”, a lo que Quique le responde.”¿Te refieres a Las chicas son magníficas?”, y los versos de esta delicia presente en su último trabajo, Delantera mítica, resuenan en nuestros oídos.

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La actuación continúa con una de las viejas, Día de feria, tras lo que una chica se lanza a por Romeo y Julieta, una de sus primeras grabaciones, e incluida en el álbum colectivo Cantautores. “Ésa te la cambio por otras dos, porque me parece una de las peores canciones que ha compuesto. Entraría en mi top 3 de malas composiciones”, le contesta, lo que provoca las sonrisas entre el público. Avión en tierra precede a que el músico abandone la guitarra y tengamos el placer de encontrarnos al piano con Pequeño rock and rolluna de las más solicitadas -incluso después de haberla tocado, lo nunca visto-, Reloj de plata y Rompeolas, joya presente en uno de sus trabajos más laureados, Salitre 48.

Ya de vuelta a la posición central en el escenario, y guitarra en mano, tiene lugar uno de los momentos más emotivos con Aunque tú no lo sepas: el recuerdo de Enrique Urquijo revolotea siempre por nuestras cabezas y corazones. Quique disfruta de cada estrofa, se le ve centrado pero receptivo a la vez, como no podría ser de otra manera en un concierto con repertorio abierto. Las propuestas continúan y tras Crece la hierba y Pájaros mojados, regresamos al sonido de las teclas blancas y negras con un clásico también muy solicitado: la preciosa Calles de Madrid, que no había sido aún interpretada a lo largo de la gira. Grata sorpresa: aparece la historia del boxeador, Kid Chocolate, y dos temas que me apasionan, Avenidas de tu corazón y Días que se escapan de las manos -éste último, si no me equivoco, nunca antes lo había escuchado en directo-. Antes de regresar a las seis cuerdas, Quique destaca su gusto por el teatro en cuestión, como ya hizo en citas anteriores.

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Y los conserjes de noche es una canción especial para todos, una de las que, en otros marcos, hemos cantado a voz en grito. Después de infinidad de peticiones llega una de sus obras maestras, Salitre, seguida por La ciudad del viento y La luna debajo del brazo -¿cómo un tema relativamente sencillo puede resultar tan espectacular? Sin duda, figura en la lista de mis canciones favoritas-. Cuando éramos reyes, ésa que a él le gusta tanto tocar -ejem- cambia de letra y da vida al Cabo de Gata, paraje bien conocido por Quique y donde anuncia que pasará unos días avanzando en sus nuevos temas -¡y qué gusto da pensar que una canción suya se fragüe en el Cabo!-.

Dallas-Memphis supone la despedida a una noche vibrante, en la que el músico se ha mostrado cómodo y seguro con su repertorio. Pero por supuesto, las trescientas personas que llenaban el Apolo no le iban a dejar marcharse tan “pronto”. De vuelta, y sentado al piano, mis dos peticiones a través de Facebook fluyen una tras otra. Muchos sentimientos puestos en Nos invaden los rusos cómo voy a olvidar todo lo que hiciste por mí, ¿cómo voy a olvidar todo tan deprisa?– y, cómo no, en Nadie podrá con nosotros:

Bajo la lluvia y Ayer quemé mi casa se anticipan a un segundo bis, en el que Parece mentira nos trae a Delantera mítica, que en esta gira cuenta con un menor peso. Cerca del final, Su día libre nos emociona a todos dedicándola a sus padres, “que ya no están conmigo”. Como colofón, la que no podía faltar: Vidas cruzadas es cantada por todo un auditorio, con un Quique al borde del escenario, desenchufado, feliz y satisfecho.

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Yo no tenía dudas, pero ahora estoy en posición de afirmarlo: Carta Blanca ha sido todo un acierto. Hemos vuelto al González más auténtico, ¿pero acaso ha dejado de serlo alguna vez? Repertorio clásico, como el de la presente noche, o más actualizado, como en Delantera. Con banda o sin ella, en salas o en estadios. La honestidad y las ganas de hacer música fluyen por sus venas y son independientes del tiempo y el lugar. Y para recordárnoslo, lo ha tenido fácil: Quique González siempre ha gozado de carta blanca.

(No fuimos los únicos ojos: si queréis leer la crónica de mis amigos de El Erizo Albino, pinchad aquí).

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Comentarios en: "Noches que dejé cruzadas (vienen persiguiéndome). Quique González en Almería (09/05/15)" (2)

  1. Pero qué bonito lo haces, coño. Parece que estuve allí.

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